«No mezcles la política con la amistad».

Un consejo estupendo mientras la política de tu amigo no incluya decidir qué parte de tu vida debería dejar de pertenecerte.

Porque hay diferencias de opinión que caben perfectamente en una amistad. Y hay otras que conviene examinar antes de descubrir sus consecuencias por las malas.

Pensemos en ese amigo comunista que defiende que las empresas deben pasar a propiedad colectiva. Puede ser simpático, generoso y estar contigo en los momentos difíciles. La pregunta interesante aparece cuando tu vida empieza a mejorar.

No hace falta adivinar si te tiene envidia. Basta con llevar sus ideas a situaciones concretas y preguntarle si también las aplicaría contigo.

Si empiezas un negocio

Al principio, tu amigo te anima.

Trabajas hasta tarde, arriesgas tus ahorros y haces de comercial, contable y encargado de limpiar el baño. Hay días en los que el negocio parece una forma especialmente complicada de ganar menos que antes.

Tu amigo te dice que sigas. Que tienes talento. Que mereces salir adelante.

Hasta ahí, todo bien.

Pero pasan los años y la empresa funciona. Contratas trabajadores, consigues clientes y empiezas a ganar bastante dinero.

Entonces llega la prueba: ¿sigue defendiendo tu proyecto cuando ya no necesita compasión?

Si mantiene que la propiedad privada de las empresas debe desaparecer, su postura también alcanza a la tuya. Tendrá que explicar si apoya que pierdas la propiedad o el control, aunque no quieras cederlos.

El negocio era admirable mientras apenas sobrevivía. Ahora que prospera, resulta que su dueño es un problema.

Al parecer, el éxito venía autorizado hasta cierta cantidad. La cifra exacta se comunica después.

Si contratas trabajadores

Cuando trabajabas solo, eras una persona esforzada. Ahora que pagas salarios, puedes pasar a ser «un explotador».

No porque se haya demostrado que incumples contratos, maltratas a alguien o cometes un fraude. En la interpretación marxista de la explotación, el conflicto está en la propia relación entre capital y trabajo asalariado.

Esa diferencia importa: tu amigo puede reconocer que eres un buen empleador y seguir considerando ilegítimo que obtengas beneficios como propietario.

Entonces pregúntale qué solución propone.

¿Que se persigan abusos concretos? ¿Que se negocien mejores condiciones? ¿O que dejes de ser dueño de la empresa porque emplear trabajadores ya te sitúa en el lado equivocado?

Si defiende lo último, la contradicción está servida: te animó a crear algo cuyo control considera que deberías perder cuando creciera.

Te ayudó a diseñar el cartel de apertura. Falta saber si también ayudaría a diseñar el de la expropiación.

Si decides reinvertir y crecer

Podrías gastar los beneficios. Pero decides abrir otra sede, comprar maquinaria o ampliar el equipo.

Desde tu perspectiva, estás construyendo algo. Desde una ideología que rechaza la acumulación privada de capital, estás ampliando precisamente aquello que debe combatirse.

Y aquí aparece una situación curiosa: cuanto mejor funcione tu proyecto, más importante puede parecerle intervenirlo.

No porque hayas hecho algo peor, sino porque ahora tienes algo mayor.

La conversación deja de tratar sobre tus decisiones concretas y empieza a girar alrededor de lo que, a juicio de tu amigo, ya tienes «demasiado».

¿Cuánto es demasiado? ¿Quién lo decide? ¿Con qué criterio?

Porque si el límite depende de lo incómodo que resulte tu éxito, no estamos ante una regla muy clara. Estamos ante una autorización provisional para prosperar.

Si no quieres entregar la empresa

Aquí se termina la parte agradable del debate.

Mientras se habla de compartir voluntariamente, cada uno puede decidir qué hace con lo suyo. La pregunta decisiva es qué ocurre cuando dices que no.

No quieres ceder la empresa. No aceptas que te obliguen a transferirla. Consideras que haberla construido te da derechos sobre ella.

¿Qué defendería entonces tu amigo?

Si acepta tu negativa, hay un límite al poder que está dispuesto a ejercer sobre ti. Si apoya que te obliguen, ya sabes que su propuesta depende de imponerse contra tu voluntad.

Puede llamarlo justicia histórica, socialización o interés colectivo. Pero tiene que explicar qué significa eso para la persona que pierde la capacidad de decidir.

«Lo hago por una sociedad mejor» no responde a «¿qué estás dispuesto a hacerme si me opongo?».

Y no, discutir cualquier impuesto no equivale a discutir una expropiación. Precisamente por eso conviene exigir respuestas concretas, en lugar de esconder decisiones muy distintas dentro de la palabra «redistribuir».

Si protestas

Supongamos que no te limitas a rechazar la medida. La criticas públicamente, apoyas a otros afectados o te organizas para defender tu posición.

La siguiente pregunta es todavía más importante:

¿Tu amigo defendería tu derecho a hacerlo?

¿O empezaría a describirte como un enemigo del pueblo, alguien que protege privilegios o un obstáculo para el progreso?

Si respeta tu libertad política, incluso cuando contradice su proyecto, esa respuesta cuenta. Si justifica silenciarte porque considera injusta tu causa, también cuenta.

No hay que esperar a que ocurra para hablarlo.

Un amigo que discrepa contigo puede defender tu derecho a oponerte. Uno que considera legítimo quitártelo está planteando algo bastante más serio que una discusión de sobremesa.

La sobremesa, normalmente, no necesita policía.

Si responde: «Contigo sería diferente»

Es una salida frecuente en cualquier discusión que acerca demasiado una idea a sus consecuencias:

«Pero tú eres distinto».

Distinto porque te conoce. Porque vio cuánto trabajaste. Porque sabe que no eres la caricatura del empresario que aparece en sus discursos.

Eso puede revelar que está dispuesto a reconsiderar sus ideas. Bienvenido sea.

Pero si únicamente significa que haría una excepción contigo, el principio sigue intacto para todos los demás.

Los otros empresarios también tienen historias, esfuerzos, errores y personas que los conocen. No deberían necesitar una amistad con quien reparte las excepciones para que se examinen sus casos individualmente.

Además, una excepción personal es una protección bastante frágil.

Hoy eres «de los buenos». Mañana discutís. Pasado mañana tus beneficios vuelven a crecer.

Sería preferible tener derechos que no dependieran del estado de ánimo de un amigo.

La pregunta no es si sabe ser buen amigo cuando todo va mal

Hay personas que acompañan con sinceridad en la dificultad. Eso merece reconocimiento.

Pero una amistad también se conoce en la prosperidad.

¿Puede tu amigo celebrar que construyas algo sin considerar que, llegado cierto punto, tu éxito te convierte en culpable? ¿Puede juzgar tus actos sin condenarte automáticamente por tu posición económica? ¿Puede reconocer límites a lo que su ideal político autoriza a hacerte?

No todas las personas que se llaman comunistas contestarán igual. Algunas se distanciarán de la coerción, otras revisarán sus convicciones y otras defenderán aplicarlas incluso contra alguien cercano.

Por eso vale la pena preguntar.

El peligro aparece cuando el afecto personal convive con la disposición a justificar tu despojo o la pérdida de tus libertades. No hace falta demostrar envidia para reconocer ese conflicto.

Tampoco hace falta considerar impecable a cualquier empresario. Quien defrauda, roba o abusa debe responder por lo que hace. La cuestión es si existe una conducta que demostrar o si haber prosperado basta para dictar sentencia.

Podemos dejar la política fuera de muchas cenas.

Pero quizá convenga aclarar antes si, cuando tu amigo dice «ojalá te vaya muy bien», hay un asterisco al final.

Y si la letra pequeña dice: «Siempre que no termines teniendo algo que mi ideología considere necesario quitarte».

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