Imagina que llegas al cielo.

Todo ha salido bien. Has alcanzado la felicidad eterna. Se terminaron las enfermedades, las despedidas y, esperemos, los trámites con contraseña que caduca.

Entonces preguntas por alguien a quien amas.

Tu madre. Tu hijo. Tu pareja. Ese amigo cuya ausencia ya te dolía en la Tierra.

Y te dicen que no está allí. Que su destino es el infierno.

Para examinar el problema, supongamos que conservas tus recuerdos y que esa separación es definitiva. Si una creencia rechaza esas premisas, tendrá que explicar qué propone en su lugar.

Pero bajo esas condiciones, la pregunta resulta inevitable:

¿Cómo puedes ser perfectamente feliz?

Si sabes que esa persona sufre y sufres por ella, tu felicidad no es perfecta.

Si recuerdas que la amabas, pero su destino ha dejado de importarte, cuesta entender qué ha ocurrido con ese amor.

Y si borran tus recuerdos para evitarte el dolor, conviene preguntar cuánto de ti entra realmente en el paraíso.

El folleto prometía felicidad eterna. No recuerdo la cláusula sobre olvidar a tu madre.

Alguien dirá que allí comprenderás que la condena es justa.

Pero entender un castigo no elimina necesariamente el dolor por quien lo recibe. Podemos reconocer la responsabilidad de alguien y seguir queriéndolo. Podemos aceptar consecuencias y rechazar que su sufrimiento no termine jamás.

¿Qué tendría que cambiar en nosotros para contemplar serenamente la desgracia eterna de una persona amada?

También hay quien explica que el infierno consiste en estar apartado de Dios, sin necesidad de llamas ni instrumentos de tortura.

Eso cambia la descripción, pero no termina la discusión.

Si esa separación implica perder para siempre el bien supremo y sufrir por ello, el problema de la familia permanece.

Y si se presenta como una elección libre, todavía cabe preguntar qué comprendía esa persona, qué oportunidades tuvo y por qué su decisión debería resultar irreversible.

Una eternidad parece tiempo suficiente para admitir una reconsideración.

Además, describir la cercanía a Dios como felicidad presupone que Dios es bueno. Si precisamente estamos examinando su bondad, no podemos utilizarla como una conclusión ya demostrada.

Estar cerca de alguien poderoso no constituye, por sí solo, un premio. Depende bastante de cómo sea ese alguien.

Puede proponerse que en el cielo nuestra comprensión y nuestro amor serán más profundos. Pero esa explicación necesita aclarar cómo una mayor capacidad de amar encaja con la felicidad perfecta ante la pérdida definitiva de los demás.

Porque aquí, cuando una persona deja de preocuparse por el sufrimiento ajeno, no solemos decir que ha perfeccionado su empatía.

La felicidad conseguida mediante ignorancia, indiferencia o una transformación que vuelve irreconocibles nuestros afectos merece alguna explicación antes de venderse como el destino ideal.

Si para disfrutar del cielo tengo que olvidar a quienes amo o dejar de preocuparme por ellos, ¿a quién están salvando exactamente?

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