Supongamos por un momento que Dios existe.
Sin discutir pruebas ni pedir documentación. Hoy vamos a concederle la existencia para hablar de algo que suele darse por hecho demasiado rápido: su bondad.
Porque existir, tener poder y merecer adoración son cosas distintas. Un terremoto existe, tiene bastante poder y nunca se me ha ocurrido darle las gracias por su trabajo.
Hablemos concretamente del Dios que lo sabe todo, lo puede todo y nos ama.
Si un niño está sufriendo una enfermedad devastadora, ese Dios conoce cada segundo de su dolor. Puede impedirlo. Sin embargo, el sufrimiento continúa.
Si una persona pudiera salvarlo sin arriesgar nada y decidiera quedarse mirando, le exigiríamos una explicación. Pero cambia «persona» por «Dios» y, de pronto, el maleducado es quien pregunta.
Nosotros tenemos que justificar por qué no ayudamos. Él recibe alabanzas mientras debatimos por qué sus motivos están fuera de nuestro alcance.
Alguien responderá que existe el libre albedrío.
De acuerdo: discutamos cuánto sufrimiento provocan nuestras decisiones. Pero un terremoto no está ejerciendo su libertad de expresión. Una enfermedad congénita no es una elección del bebé. Hay sufrimiento que ocurre sin que nadie tenga que decidir hacer daño.
Si todo eso es necesario para alcanzar un bien superior, falta explicar por qué un ser omnipotente no puede conseguirlo por un camino menos atroz.
También se nos presenta el universo como una obra preparada para nosotros. Una casa bastante peculiar: fuera de las condiciones que nos protegen en la Tierra, sobrevivir exige llevarse buena parte de la casa a cuestas. La radiación espacial, por ejemplo, supone un peligro del que nuestra atmósfera y nuestro campo magnético nos protegen. NASA
Eso no demuestra que no exista un creador. Pero permite hacer alguna pregunta sobre su hospitalidad.
Y cuando aparece el argumento del ajuste fino —que las condiciones físicas permiten nuestra existencia y por eso apuntan a un diseñador— surge otra duda: ¿quién le impuso las restricciones al diseñador?
Un ingeniero necesita ajustarse a las leyes físicas. Un creador omnipotente podría elegir esas leyes. Puede haber querido crear un universo así; lo que no queda demostrado es que necesitara hacerlo de esa manera, ni que hacerlo pruebe su bondad.
Después están las oraciones.
Si alguien mejora, Dios escuchó. Si empeora, tenía otros planes. Si nada cambia, hay que esperar.
¿Hay algún resultado que permita reconocer que una petición no fue atendida?
Rezar puede dar consuelo. Pero demostrar una intervención externa requiere algo más. En el ensayo STEP, la oración de intercesión no mejoró la recuperación sin complicaciones de pacientes sometidos a cirugía de bypass. Ese resultado tiene un alcance concreto; no resuelve todas las afirmaciones religiosas sobre la oración. Estudio STEP
La pregunta moral, además, permanece: ¿por qué alguien perfectamente bueno necesitaría que le suplicaran para evitar un sufrimiento que ya conoce?
No tenemos que demostrar que cualquier dios imaginable sea malvado para señalar el problema. Basta con pedir coherencia a quien afirma que este lo sabe todo, puede intervenir y tiene una bondad perfecta.
Y si la respuesta es que no podemos comprender sus decisiones, conviene reconocer lo que eso implica: tampoco podemos dar su bondad por demostrada.
Antes de exigirme que lo adore, explícame por qué llamaríamos cruel a una persona que, pudiendo ayudar, hiciera lo mismo.
Comments
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Gracias por esta primera entrega. El título me parece muy acertado para abrir el debate.
Yo soy de los que piensa que en la vida todos necesitamos agarrarnos a algo, llámalo fe, esperanza o sentido. Y lo respeto profundamente, de verdad.
No soy crítico con quien cree, al contrario. Respeto a todos con sus ideas y no pretendo imponer las mías. En mi caso, mi forma de creer es más sencilla: creo en lo que seamos capaces de hacer nosotros, en ayudarnos aquí y ahora.
Intento vivir cada día, no hacer daño a nadie y, si puedo, dejar las cosas un poco mejor. Quizás al final, creamos en lo que creamos, nos encontramos en eso.